La corona de hierro

La corona de hierro

Se dice que bajo los muros del palacio de Monforte de Lemos y la iglesia de San Vicente del Pino serpenteaba un pasadizo secreto, un túnel de sombras y silencios donde el eco de los pasos se perdía en la penumbra. A través de él, cuando el conde de Lemos partía para cumplir sus deberes ante el rey, el abad del monasterio benedictino deslizaba su silueta furtiva hasta la alcoba de la hija del conde. Allí, entre susurros y promesas, nació un idilio prohibido, tejido con la osadía de lo clandestino y la pasión de lo irremediable.

Pero ningún secreto se oculta para siempre. A su regreso, el conde de Lemos descubrió la traición y, con la frialdad de quien trama su venganza, organizó un gran banquete en honor del abad. La sala se iluminó con la cálida luz de los candiles, el vino tiñó las copas con reflejos carmesí y las risas resonaron entre los muros de piedra, cubriendo con su estruendo la tempestad que estaba por desatarse.

Cuando llegó el momento del postre, el conde ordenó traer el obsequio destinado al abad: una corona de hierro al rojo vivo. Sin tiempo para el asombro ni la súplica, fue colocada sobre su cabeza, fundiéndose con su carne en un abrazo de fuego y dolor. Los gritos atravesaron la estancia, pero la sentencia ya había sido dictada: la traición se pagaba con sangre y la venganza se servía ardiente, como el hierro que devoraba su piel.

Dicen que, en las noches de luna menguante, un lamento trémulo aún resuena entre las piedras del monasterio, como si el alma del abad siguiera vagando, prisionera de su culpa y de su castigo.

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