La laguna de Cospeito
El agua tiene memoria.
No olvida. No perdona. No descansa.
En el valle de Cospeito, donde hoy reposa la laguna, hubo una villa próspera y orgullosa, la Villa de Valverde. Sus torres se alzaban contra el cielo, sus campanas llamaban a la oración, sus calles rebosaban de vida. Pero el orgullo es un eco que siempre regresa, y lo que una vez fue piedra firme, hoy es solo un reflejo tembloroso sobre la superficie del agua.
Dicen que en una noche sin luna, un mendigo llegó a las puertas de la villa.
Su rostro estaba cubierto por la sombra de un capuchón raído, su voz temblaba con el aliento de los que han caminado demasiado tiempo sin descanso. No pedía riquezas ni promesas, solo un lecho en el que dormir, un rincón donde reposar sus huesos cansados.
Pero la villa, fuerte en su opulencia, no tenía espacio para los débiles.
Puerta tras puerta, el mendigo fue rechazado. Su mirada se volvía cada vez más oscura, su andar más errante. Nadie se inmutó cuando, bajo la penumbra de las antorchas, el mendigo fue expulsado a los caminos.
Lejos de la villa, en una humilde cabaña en la ladera del monte, vivía una familia pobre. Sus muros eran de madera gastada, su techo apenas resistía la furia de los inviernos, pero su hogar aún guardaba calor en el fuego y bondad en sus corazones.
Cuando vieron al extraño, no le hicieron preguntas.
Le ofrecieron comida.
Le ofrecieron un lecho.
Le ofrecieron lo poco que tenían, sin saber quién era ni de dónde venía.
Pero la generosidad tiene un precio.
A la mañana siguiente, el mendigo ya no estaba.
Solo quedaban sus palabras, grabadas en el aire, resonando en la quietud de la cabaña.
—Tan cierto es que tenéis becerros y vacas… como que la Villa de Valverde ha desaparecido.
El aire se estremeció.
Un silencio sepulcral cayó sobre el valle, un vacío más profundo que la noche. Y entonces, un sonido retumbó en la tierra.
El suelo se resquebrajó.
Las piedras gritaron con una voz que no era humana.
Y desde el vientre de la montaña, un rugido de aguas rompió la realidad.
Desde las entrañas de la tierra, el agua emergió como una bestia desatada. No era un río, no era un arroyo. Era una marea negra que devoró las casas, que arrastró las calles, que ahogó las voces.
Dicen que la iglesia fue la última en caer.
Que su campana tañó una última vez antes de hundirse en la profundidad, como una advertencia final a un mundo que ya no podía escucharla.
Cuando la última ola se apaciguó, Villa de Valverde había desaparecido.
En su lugar, solo quedó una laguna de aguas inmóviles.
El pueblo jamás fue reconstruido.
Pero la historia no terminó allí.
En los veranos de sequía, cuando el sol castiga la tierra con su aliento ardiente, las aguas de la laguna retroceden.
Y bajo su superficie, algo emerge.
No es solo lodo.
No es solo roca.
Son chimeneas sumergidas, los restos de casas que nunca deberían haber existido bajo el agua.
Son torres de piedra ennegrecidas por el tiempo, despojadas de todo, menos del peso de la memoria.
Y cuando la noche cae sobre Cospeito, cuando el viento sopla sin testigos, hay quienes juran que, desde lo más profundo, se oye el sonido de campanas.
No hay iglesia en la laguna.
No hay campanas en sus aguas.
Pero el eco persiste.
Las campanas siguen sonando en la oscuridad.
Y algunos dicen que no llaman a la oración.
Dicen que llaman a algo que aún no ha despertado.