Aldara: La leyenda de la doncella cierva
Sucedió en un castillo de las tierras de Cervantes, donde gobernaba un señor llamado Froyás, un hombre de más que mediana edad, de rostro endurecido por los años y la responsabilidad de su linaje.
Tenía dos hijos. Egas, el heredero, fuerte y decidido. Y Aldara, hermosa como el alba, con una risa que iluminaba los muros de piedra.
Los hermanos se querían con el amor sincero de la infancia, y aunque las tierras eran abruptas y traicioneras, a veces cabalgaban juntos por los montes, perdiéndose en los caminos como si el mundo aún fuera un lugar seguro.
Aldara tenía un pretendiente. Aras, el hijo de otro noble de la comarca, la miraba con devoción y su amor parecía estar escrito en el destino. Los padres no se oponían. El matrimonio era cuestión de tiempo.
Pero el tiempo tiene maneras crueles de jugar con los hombres.
Una tarde, cuando la comida humeaba en la mesa y los criados servían el vino, Aldara no apareció.
Su padre la llamó. Su hermano también. Nadie respondió. Nadie la había visto.
Los sirvientes recorrieron el castillo de arriba abajo. Las torres, las cocinas, las mazmorras. Nada. Hasta que un ballestero, con voz temblorosa, dijo haberla visto partir hacia el riachuelo, aquel que serpenteaba a los pies del monte donde se alzaba el castillo.
Entonces, el miedo se convirtió en certeza.
Padre e hijo, con escuderos y criados, salieron en su busca. Exploraron cada rincón de la ribera, cada recoveco donde el agua susurraba secretos al bosque. No encontraron nada.
Mandaron mensajeros al castillo de Aras. El joven llegó con el rostro desencajado, con un séquito de hombres armados y la determinación de no dejar piedra sin remover.
Buscaron en los bosques, en las aldeas, en las pallozas de los pastores. Pero la tierra no devolvió respuesta alguna.
Los días pasaron. Los días se convirtieron en meses. Y Aldara dejó de existir para el mundo.
Algunos susurraban que un oso la había devorado, que los lobos la habían hecho desaparecer sin dejar rastro. Otros callaban, porque sabían que no todas las historias terminan en la boca de una bestia.
El tiempo pasó. Las palabras dejaron de pronunciarse en voz alta. Solo el padre y el hermano seguían soñando con Aldara.
Hasta que, un día, Egas salió a cazar.
El bosque estaba envuelto en un silencio extraño, como si contuviera la respiración. Buscaba un urogallo, pero lo que encontró fue algo más.
Una cierva blanca apareció entre los árboles. Era hermosa, blanca como la nieve de las cumbres, con un brillo etéreo en la mirada. Se movía con la gracia de un espectro.
Egas levantó la ballesta. Apuntó. Disparó.
La flecha surcó el aire y se hundió en el pecho del animal. Cayó sin un sonido, salvo el susurro del viento.
Egas se acercó. No podía cargar con la presa entera. Así que, con su cuchillo, cortó una de sus patas delanteras, la guardó en su zurrón y marcó el lugar para volver más tarde con ayuda.
No había prisa. Creía haber cazado algo extraordinario.
Y tenía razón.
Cuando llegó al castillo, orgulloso, relató su hazaña ante su padre.
—Nunca antes vi una cierva así —dijo.
Y sacó del zurrón su trofeo de caza.
Pero no era una pata.
Era una mano.
Pálida. Suave. Fina como la de una doncella.
Y en uno de sus dedos, un anillo de oro con una piedra amarilla.
El anillo de Aldara.
El silencio cayó sobre la sala. El horror se enredó en la garganta de los presentes.
No hicieron preguntas. No hicieron suposiciones. Salieron de inmediato.
Cabalgando como locos, subieron al bosque, a aquel claro donde la cierva había caído.
Pero no había ningún animal.
Solo Aldara.
Yacía en el suelo, su vestido blanco empapado en sangre, con una gran mancha en el pecho. Allí donde la flecha la había alcanzado.
Y le faltaba una mano.
No se supo nunca qué fue de Aldara todo aquel tiempo. Si fue maldita. Si fue encantada. Si fue algo más.
Lo único cierto es que la tierra no la protegió.
Y algunos dicen que, en ciertas noches, cuando la luna se filtra entre las ramas del bosque, se puede ver una cierva blanca. Corre, pero nunca se aleja demasiado.
Siempre cerca.
Siempre esperando.
Siempre recordando.