Cueva de Paralaia

La cueva de Paralaia

En lo alto del monte Paralaia, donde los vientos de Moaña susurran secretos antiguos entre los robles y las peñas, se dice que existe una cueva oculta, la cueva de Paralaia, un refugio de sombras y misterio donde se esconde un tesoro sin dueño. No es un tesoro cualquiera, sino uno custodiado por mouras y mujeres encantadas, guardianas de riquezas olvidadas, joyas de tiempos remotos y pasadizos subterráneos que se pierden en la negrura hasta desembocar en el mar.

Pocos han visto la entrada de la cueva de Paralaia. No está a la vista de cualquiera, pues la roca que la protege solo se abre para aquellos que saben mirar más allá de lo evidente. Cuentan los viejos que es un umbral mágico, una frontera entre lo visible y lo oculto, donde la realidad se confunde con los sueños.

Pero si hay un momento en que el hechizo se debilita, en que la frontera entre mundos se vuelve frágil como un velo al viento, es en la noche de San Juan. Cuando las hogueras iluminan la costa y las aguas de las fuentes se vuelven sagradas, las mouras emergen de la cueva. Bajo la luz temblorosa de la luna, se acercan a los arroyos y a las fuentes del monte, dejando tras de sí un rastro de perfume y misterio. Allí, en el rumor del agua, se detienen a lavar y peinar sus largos cabellos, hilos de oro que reflejan el resplandor de la noche más mágica del año.

Es en ese instante, cuando el hechizo se suspende por un breve suspiro, cuando aquellos lo bastante audaces —o insensatos— pueden adentrarse en la cueva en busca del tesoro. Pero cuidado, porque las mouras no abandonan su legado sin más. La riqueza que esconden no es para cualquiera. Hay quienes dicen que para llevársela hay que hacer un pacto, pronunciar las palabras correctas, comprender el lenguaje de las encantadas. Otros afirman que si uno es descubierto robando, quedará atrapado para siempre en la cueva, convertido en piedra, en sombra, en eco de su propia ambición.

Así que si alguna vez, en la noche de San Juan, te encuentras en lo alto del monte Paralaia y crees ver figuras etéreas inclinadas sobre el agua, no hagas ruido. No respires demasiado fuerte. Y si sientes la tentación de seguirlas, piénsalo dos veces. Porque las mouras son generosas con quien las comprende… pero implacables con quien intenta engañarlas.

Dicen que aún se pueden escuchar susurros entre las rocas cuando la marea sube, como si el monte mismo guardara la memoria de aquellos que no lograron salir.

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