Ilustración medieval de Don Roldán saltando el río Sil, con castillo, caballeros y princesas encantadas

Don Roldán y las dos princesas

Hubo un tiempo en que las tierras de Galicia ardían en llamas.

Los moros avanzaban como un mar oscuro, consumiendo todo a su paso. No quedaba piedra sin sombra, ni hogar sin temor. Pero Galicia no era tierra de rendidos. En sus montes y valles, sus hombres luchaban con la fiereza de quienes prefieren la muerte antes que la sumisión.

Sin embargo, la guerra era como una bestia hambrienta, y sus fauces no cesaban de devorar.

Fue entonces cuando los gallegos clamaron a las estrellas en busca de auxilio, y su súplica llegó a oídos de un rey lejano: Carlomagno.

Carlomagno envió a sus mejores guerreros.

No eran simples hombres. Eran los Doce Pares de Francia, los invencibles, los que nunca retrocedían. Y entre ellos, brillaba un nombre con fuerza propia:

Don Roldán.

Cuando Don Roldán llegó a Galicia, el aire mismo pareció contener la respiración.

Los moros, al verlo, se replegaron hacia Valdeorras, más allá del río Sil, donde se alzaba su último bastión: un castillo en lo alto de un monte. No podían permitirse perderlo, porque allí guardaban su tesoro más preciado:

Tres princesas cautivas.

La noticia llegó hasta Don Roldán como un viento envenenado.

Las princesas no eran solo prisioneras. Eran rehenes.

Si la batalla se torcía en contra de los moros, si el castillo caía, ellos no dudarían en usarlas como moneda de venganza.

Y Roldán no lo permitiría.

El ejército cristiano se congregó junto a la ribera del río Sil, observando las aguas turbulentas, furiosas como si quisieran tragarse cualquier intento de cruzarlas.

La primera oleada de caballeros intentó la travesía.

Las aguas los arrastraron sin piedad.

El río se cobró su tributo en cuerpos, ahogando esperanzas, devorando valientes. Ni un solo hombre llegó al otro lado.

Los soldados dudaron. Algunos retrocedieron. Los moros, desde el castillo, reían.

Pero Don Roldán no conocía el miedo.

Entonces, el héroe se adelantó solo.

Montado en su corcel, recorrió la orilla del río, buscando el punto exacto donde el destino lo llamaba. Su mirada se alzó hacia las torres del castillo, y el viento pareció susurrarle algo.

No había puente.
No había barcas.
No había tiempo.

Y entonces, hizo lo imposible.

Clavó las espuelas en su caballo, tomó aire, y se lanzó al abismo.

El salto no fue humano.

Fue un vuelo arrancado de los dioses, un momento en que la historia misma contuvo el aliento.

Las patas del corcel se alzaron, desafiando la gravedad, y con un rugido que estremeció la tierra, ambos cruzaron el río en un salto descomunal.

Cuando sus cascos tocaron el otro lado, el silencio cayó sobre el campo de batalla.

Los moros, que hasta entonces se habían sentido seguros en su refugio, conocieron el miedo.

Huyeron.

Las puertas del castillo fueron abiertas.

Pero no hubo júbilo. No hubo celebración.

Porque la venganza de los moros aún no había terminado.

Antes de partir, sus magos pronunciaron un conjuro.

Susurraron palabras olvidadas, un idioma que se enredó en el aire como una serpiente invisible. Un conjuro oscuro, nacido de la rabia, tejido en la desesperación.

Y cuando Roldán entró en la torre…

Las princesas ya no estaban.

En su lugar, encontró tres figuras de piedra.

Tres cuarzos blancos, clavados en el suelo, inmóviles, con un brillo helado bajo la luz de la luna. Tres miradas vacías, fijas en la lejanía, como si aún esperaran regresar a su hogar.

Las tocó con sus manos.

Estaban frías.

No había vida en ellas.

Don Roldán, el hombre que había vencido ejércitos, el guerrero que había saltado un río imposible, cayó de rodillas ante su derrota más cruel.

Porque no había enemigo a quien matar.

Porque no había guerra que ganar.

Porque la victoria le había sido arrebatada de entre los dedos, convertida en piedra y silencio.

Dicen que después de aquel día, Don Roldán nunca volvió a ser el mismo.

Dicen que nunca habló de aquella batalla, que su mirada se tornó sombría y su voz, más grave.

Dicen que, en las noches sin luna, cuando el viento sopla entre las montañas de Valdeorras, si uno escucha con atención…

Puede oír un susurro entre las piedras.

Un lamento sin voz.

Una pregunta sin respuesta.

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