Floralba y el peregrino
Era una noche de invierno, de lluvia y relámpagos, de ráfagas de viento que arañaban la piedra como uñas invisibles. En la ladera del monte Landín, un peregrino avanzaba, encorvado por el peso de su propio cuerpo, empapado hasta los huesos. Sobre él, como un centinela antiguo, el castillo de O Sobroso emergía de la oscuridad.
Golpeó la puerta con manos temblorosas.
Dentro, Don Fiz Sarmiento, señor del castillo, lo observó con ojos severos. Era un hombre de fe, pero también de guerra, y la guerra no entendía de compasión. Aun así, permitió que el peregrino entrara. Le ofreció pan y refugio, y al ver su debilidad, le concedió unos días para recuperar fuerzas.
—Pero no más —advirtió el conde—. Mañana parto con mis hombres. Los Reyes Católicos han solicitado mi ayuda en Granada. En mi ausencia, serás atendido por mi esposa, Floralba.
Y al amanecer, Don Fiz marchó.
El pecado y la huida
El peregrino se quedó. Y pronto, su mirada se posó en Floralba.
Ella era hermosa, con una belleza que pertenecía más a los suspiros de la noche que a la luz del día. Él la deseaba, y su deseo era un veneno lento, uno que no dejaba de filtrarse en su alma. Sus palabras eran insistentes, sus ojos, un laberinto del que ella no siempre intentaba escapar.
Cuando Don Fiz regresó, victorioso en la guerra, derrotado en su hogar, Floralba ya no estaba.
Había huido con el peregrino.
El conde lo supo antes incluso de oír las palabras de sus sirvientes. Lo supo en la forma en que el aire pesaba en su pecho, en la ausencia de su sombra en los muros del castillo.
Su respuesta fue rápida y feroz: ordenó quemar todas las pertenencias de Floralba, reducirlas a cenizas, borrar su nombre de la historia de O Sobroso.
Luego, se encerró en la Torre del Homenaje y lloró. No por amor. No por rabia. Sino por la certeza de que algunas heridas nunca cicatrizan.
El regreso y la condena
Pasaron los días. Las noches. Las estaciones.
Y entonces, una tarde, alguien llamó a la puerta del castillo.
Los sirvientes dudaron antes de responder. No hacía falta mirar. Sabían quién era.
Don Fiz subió a lo alto de la torre y miró hacia abajo. Allí estaba Floralba.
Su vestido estaba polvoriento, su cabello enredado, pero sus ojos aún eran los mismos.
—Déjame entrar —susurró.
Pero la voz de Floralba no era un ruego. Era la última esperanza de alguien que aún no había comprendido que su historia ya había terminado.
—El peregrino ha muerto —dijo—. Fuimos atacados en La Picaraña. Él cayó en un pozo y la oscuridad se lo tragó.
Don Fiz no respondió.
Ella insistió. Imploró. Golpeó la puerta hasta que sus nudillos sangraron. Él no respondió.
La noche cayó sobre el castillo. Una luna llena, perfecta, iluminó la ladera.
Floralba no se marchó. Caminó, y caminó, y caminó.
Golpeó la puerta hasta que sus nudillos sangraron.
Llamó a Don Fiz con su voz rota, una y otra vez, hasta que su aliento se convirtió en un lamento apenas audible.
Pero nadie respondió.
La noche cayó sobre el castillo. Una luna llena, perfecta, iluminó la ladera.
Y al amanecer, su cuerpo yacía en el suelo, convertido en un susurro que el viento se llevó.
Cuando el sol asomó entre los montes, su cuerpo cayó al suelo, exhausto. Su aliento se desvaneció con la brisa.
Cuando los sirvientes llevaron la noticia a Don Fiz, él descendió de la torre sin pronunciar palabra. Se acercó al cadáver de su esposa, lo contempló por un instante con la expresión de quien ha perdido algo que no sabía que aún le pertenecía.
Y entonces lo cargó en sus brazos.
Subió de nuevo a la Torre del Tributo, el lugar más alto del castillo. Y allí, con un grito desgarrado, arrojó el cuerpo ladera abajo.
—Que nadie la toque. Que nadie la entierre. Que los animales la devoren.
Y así fue.
La maldición
Pero la muerte rara vez es el final.
Dicen que en las noches de luna llena, cuando el cielo es claro y el viento se desliza entre las piedras del castillo, Floralba sigue allí. Su espectro deambula por los muros, buscando una puerta que nunca se abrirá, pronunciando un nombre que nadie volverá a decir.
Y en invierno, cuando la lluvia y los relámpagos rugen sobre el monte Landín, el peregrino también regresa. Su sombra aparece en la ladera, siempre descendiendo, siempre subiendo, siempre condenado a repetir el mismo camino sin jamás alcanzar su destino.
Nunca se verán.
Nunca se encontrarán.
Y así, su historia quedó atrapada en el tiempo.
Porque algunas traiciones no se perdonan.
Porque algunos fantasmas nunca descansan.