Ith y los hijos de Mil
Desde la Torre de Breogán, los hombres pueden ver más allá del tiempo.
Se dice que su piedra es más antigua que las mareas, que su sombra se alarga hasta tocar la memoria de los dioses. No es solo un faro. Es un ojo abierto al infinito.
Y fue desde allí, en un día despejado, donde Ith vio la tierra que no debía ver.
Se alzó en lo más alto de la torre.
El viento rugía a su alrededor, como si el océano intentara hablarle. Pero Ith no escuchaba el mar, sino algo más profundo, algo que latía en la bruma del horizonte.
Una isla.
No una isla cualquiera.
Una tierra oculta, una tierra que parecía llamarlo con un susurro que solo él podía oír.
No dudó.
Sabía que debía ir.
La expedición partió con la luz de la aurora.
Las velas se hincharon con el aliento de los dioses, las olas abrieron un camino de espuma y las estrellas marcaron la ruta en la negrura del cielo.
Días después, pusieron pie en tierra prohibida.
Irlanda los recibió con un silencio inquietante.
No había pueblos.
No había voces.
No había guerra ni bienvenida.
Solo el murmullo del viento sobre la hierba, la sombra de montañas antiguas y la sensación de que algo los observaba.
Los Tuatha Dé Danann sabían que habían llegado.
Los dioses no toleran intrusos.
Desde tiempos inmemoriales, los Tuatha Dé Danann habían reinado sobre Irlanda, ocultos entre la niebla, caminando entre lo humano y lo divino.
Cuando Ith y sus hombres llegaron a la isla, fueron recibidos con cortesía.
Fueron tratados como huéspedes.
Fueron alimentados y guiados por los caminos de una tierra que no parecía real.
Pero detrás de cada palabra, había algo oculto.
Los Tuatha Dé Danann no confiaban en los mortales.
Sabían que Ith había venido de una tierra lejana.
Sabían que había visto la isla desde su torre.
Y sabían que no debía regresar.
Ith caminaba por sus tierras como un hombre sin miedo.
Veía los campos, las colinas, los ríos que parecían cantar nombres que no entendía.
Pero lo que no vio…
Fueron las sombras que lo acechaban.
Una noche sin luna, los Tuatha Dé Danann se reunieron.
Debatieron. Susurraron. Decidieron.
Y antes del amanecer, Ith fue asesinado.
Su sangre empapó la tierra que había admirado.
Su cuerpo quedó tendido bajo un cielo que no era suyo.
Sus ojos se cerraron sin alcanzar a comprender por qué la visión de su torre le había condenado.
Pero la historia no terminó ahí.
Sus compañeros cargaron su cuerpo sin vida y lo llevaron de vuelta a Galicia.
Los vientos soplaron con furia.
El mar bramó como un animal herido.
El destino no había terminado con Ith.
Cuando su hermano Bile vio el cadáver, sus manos temblaron de ira.
Pero fue su hijo Mil quien habló primero.
—Si ellos han derramado la sangre de un hombre de Breogán… —dijo, con la voz cortante como el acero— entonces nosotros haremos que la tierra misma los devore.
La flota partió al amanecer.
Un millar de hombres. No más.
No era una guerra de conquista.
Era una guerra de venganza.
Cuando los Hijos de Mil llegaron a la isla, los Tuatha Dé Danann comprendieron que habían sellado su destino.
Intentaron resistir.
Intentaron invocar las fuerzas que una vez los habían protegido.
Pero los hombres de Breogán no eran simples mortales.
Eran hijos de la tierra.
Eran herederos de una visión.
Eran el eco de Ith, regresando para reclamar lo que le habían arrebatado.
Y así, los dioses cayeron.
Los Tuatha Dé Danann fueron arrinconados en los montes y en las sombras.
La isla de Irlanda dejó de pertenecer a los dioses.
Y pasó a ser de los hombres.
Sin embargo, dicen que los Tuatha Dé Danann no desaparecieron.
Dicen que aún habitan los lugares donde la niebla es más densa.
Dicen que si un viajero se pierde entre las colinas de Irlanda, puede oír susurros en un idioma que ya no se habla.
Y dicen… que todavía maldicen el día en que Ith subió a la Torre de Breogán y miró más allá de lo permitido.