Ilustración medieval de la villa sumergida de Doniños, con el diluvio arrasando la ciudad, en estilo Libro de Horas."

La laguna de Doniños

Hubo un tiempo en que donde hoy reposa la laguna de Doniños, se alzaba una villa próspera, llena de vida y riquezas. Pero la abundancia sin bondad es un eco vacío, y la prosperidad sin compasión está condenada a ser efímera.

Cuentan los viejos que aquella tierra estaba habitada por gentes paganas, ajenas a la piedad y al deber de la hospitalidad. Sus calles resonaban con la música del festín, con el tintineo del oro en los mercados y con la risa de quienes creían que la fortuna es un derecho, no un don pasajero. Pero en los márgenes de aquella villa, apartados de su orgullo y ostentación, vivía una pareja humilde. No poseían riquezas, pero sí un corazón generoso.

Una noche, bajo un cielo sin luna, un viajero llegó a Doniños. Sus pies descalzos estaban cubiertos de polvo, su manto era pobre y raído, y su voz, aunque serena, sonaba como el eco de algo antiguo. Era un peregrino sin hogar, un forastero que solo pedía un rincón donde reposar.

Pero las puertas de la villa se cerraron ante él.

Golpeó una casa, y le negaron entrada. Llamó a otra, y le arrojaron palabras ásperas como piedras. Los banquetes continuaron, la música no se detuvo. Ningún corazón en Doniños se inmutó ante su presencia.

Ninguno, salvo el de aquella pareja.

Lo vieron deambular bajo el frío de la noche y, sin dudar, lo acogieron en su modesta cabaña. No tenían más que un trozo de pan y una jarra de agua, pero partieron su comida con él. Le ofrecieron su lecho de paja y, aunque su hogar era humilde, en él había más calor que en todas las mansiones de la villa.

Al amanecer, el peregrino había desaparecido sin dejar rastro.

El hombre se despidió de su esposa y se marchó a sus labores diarias, pero apenas había avanzado unos pasos cuando escuchó su voz llamándolo con urgencia. Se giró y vio a su mujer en la puerta de la cabaña.

—¿Qué ocurre? —preguntó, apresurado.

Pero su esposa lo miró con extrañeza. Ella no había dicho nada.

Y entonces el mundo se quebró.

Un rugido ensordecedor retumbó en los cielos. Un viento feroz barrió la llanura. Las entrañas de la tierra se desgarraron, y desde lo más profundo de los peñascos brotó un torrente descomunal. Un río furioso, como si el océano mismo hubiese decidido reclamar lo que no le pertenecía.

La pareja contempló con horror cómo las aguas se alzaban y se precipitaban sobre la villa. No hubo gritos. No hubo advertencias. Solo el estrépito de la destrucción y la certeza de que el castigo había sido pronunciado mucho antes de que el agua lo consumiera todo.

Donde antes hubo calles bulliciosas, solo quedó la inmensidad de la laguna.

Los muros se desmoronaron, los templos desaparecieron, las voces se ahogaron bajo la corriente. Todo lo que Doniños había sido, quedó sepultado en el olvido.

Dicen que, en las noches sin luna, cuando el viento se desliza sobre la superficie del agua en un murmullo melancólico, aún se pueden oír los ecos de la villa sumergida.

No son gritos de auxilio, ni lamentos de desesperación.

Son las últimas palabras nunca dichas, el arrepentimiento que nunca llegó a tiempo.

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