La Piedra de Abalar
Muxía despierta con el murmullo del Atlántico, donde las olas, incansables, lamen la costa con su aliento salado. En la penumbra del amanecer, cuando el viento aún arrastra vestigios de antiguos rezos, una piedra yace solitaria sobre el roquedal. No es una roca cualquiera. La llaman la Piedra de Abalar y, desde tiempos que la memoria no alcanza, ha sido refugio de creencias y supersticiones.
Cuentan que en las noches de San Juan, cuando la frontera entre lo tangible y lo etéreo se desdibuja, las brujas y hechiceros de la región acudían aquí. Se reunían en torno a la piedra, susurros en la brisa, sombras entre la niebla, y conjuros olvidados en la voz del viento. Se decía que la roca poseía un alma antigua, que podía estremecerse bajo el peso de quienes la osaban desafiar, y que concedía deseos a quienes la tocaban en la hora adecuada, en el momento en que el mundo parecía suspenderse entre la noche y el alba.
Pero la piedra, antes de ser misterio, fue milagro.
La tradición asegura que, en tiempos remotos, la Virgen María llegó a estas costas en una barca de piedra para animar a Santiago Apóstol en su predicación por tierras gallegas. Aquel día, el mar no rugía, sino que parecía inclinarse ante la llegada de la Señora. Dicen que al poner el pie sobre la roca, esta acogió su presencia con un suspiro de eternidad. Desde entonces, la huella sagrada quedó impresa en la piedra, y la Pedra dos Cadrís se convirtió en testimonio de aquel encuentro divino.
Los marineros de Muxía la miran con respeto, con esa mezcla de devoción y temor que solo el océano y la fe pueden inspirar. Porque la Piedra de Abalar no es solo una piedra: es un latido de la historia, un eco de plegarias, una sombra del pasado que aún respira entre las mareas.
Y cuando el viento de Galicia susurra en la noche, algunos juran que la piedra sigue abalandose. No por el peso del tiempo, ni por la fuerza del mar… sino por el eco de aquellas almas que nunca dejaron de creer.