La Santa Compaña

La Santa Compaña

Galicia es tierra de misterios. Sus bosques antiguos guardan secretos que el viento susurra entre las ramas, y sus caminos, envueltos en la niebla, han sido testigos de presencias que escapan a la comprensión humana.

Hay quienes dicen haber sentido una de esas presencias en mitad de la noche. Un escalofrío repentino, sin motivo aparente. Un viento gélido que surge de la nada. Un silencio que pesa como una amenaza.

No son imaginaciones. No es el cansancio del viajero.

Es la Santa Compaña.

Los que han caminado bajo la luna llena cuentan historias que pocos se atreven a repetir. Se dice que, cuando la niebla cubre los caminos y la oscuridad devora el paisaje, una procesión de almas errantes avanza lentamente entre la maleza. No dejan huellas, pero su presencia se siente en la piel, en el temblor involuntario de los dedos, en el pecho que se oprime sin razón aparente.

No es un simple cuento para asustar a los niños. Es un aviso.

El cortejo de los condenados

La Santa Compaña es un séquito de muertos que no han encontrado descanso. No caminan solos.

Visten túnicas blancas y avanzan en fila, en un silencio sepulcral que solo se rompe con el murmullo de sus oraciones y el tenue sonido de campanillas. Allí donde pasan, el aire se hiela y el tiempo parece detenerse.

Cada espectro porta una vela o un cirio, pero no emiten luz cálida. No iluminan el camino. Su resplandor es enfermizo, pálido, como si devorara la oscuridad en lugar de ahuyentarla.

Nadie sabe de dónde vienen ni a dónde se dirigen.

Lo único cierto es que siempre avanzan.

Pero hay algo más aterrador todavía.

Al frente de la procesión siempre va un vivo.

Desdichado aquel que, por azar o por mala fortuna, se cruce en su camino. Si la Santa Compaña lo elige, deberá cargar con una cruz o con un caldero de agua bendita, guiando a los muertos en su interminable marcha.

Desde ese instante, su destino está sellado.

Cada noche su espíritu abandonará su cuerpo y caminará con los espectros. Cada noche se unirá a la procesión, sintiendo el peso de la muerte sobre sus hombros.

Solo podrá salvarse si encuentra a otro incauto al que traspasar su carga… o si la muerte lo reclama antes.

Por eso, en las aldeas, aún hoy, hay quienes cierran sus puertas al anochecer y evitan los caminos cuando la luna brilla demasiado o la niebla es demasiado espesa.

Cómo protegerse de la Santa Compaña

Dicen los viejos que hay formas de evitar el destino maldito.

Si una persona sospecha que la Santa Compaña ronda cerca, puede salvarse si sigue estos pasos:

Trazar la cruz de Salomón en el suelo, con sal o con tiza, y situarse en su centro.
Tirarse al suelo boca abajo, sin mover un solo músculo, y contener la respiración.
Salir corriendo sin mirar atrás.
Subirse a un cruceiro

Pero incluso con estas precauciones, hay quienes aseguran que la maldición no es tan fácil de evitar.

Porque si ves a la Santa Compaña y tu mirada se cruza con la de alguno de sus miembros… ya estás marcado.

Los cruceiros: Guardianes contra la muerte

No es casualidad que en Galicia, dispersos en los caminos y encrucijadas, se encuentren los cruceiros, esas cruces de piedra desgastadas por el tiempo.

No están ahí solo como símbolos de fe.

Son escudos contra la Santa Compaña.

Se dice que ningún espíritu puede cruzar el umbral de un cruceiro. Por eso, en tiempos antiguos, los caminantes que viajaban de noche los usaban como refugio. Si lograban llegar a uno a tiempo, podían salvarse. Si no… el destino quedaba en manos de la suerte.

Pero no todos conseguían llegar.

Aún hoy, entre los caminos cubiertos de niebla, hay quienes aseguran haber visto sombras moviéndose en la distancia, envueltas en un resplandor blanquecino.

Otros cuentan que, al caer la noche, han sentido el peso de una mirada invisible clavada en su espalda.

Y unos pocos, los más valientes, juran haber oído el sonido de una campana lejana, que se acerca… y se acerca…

¿Es una leyenda… o una advertencia?
La Santa Compaña no pide permiso.

No se detiene.

No descansa.

Hay quienes dicen que solo se aparece a los que llevan una vida marcada por la culpa. Otros aseguran que cualquiera puede cruzarse con ella.

Pero todos coinciden en algo: una vez que la has visto, nunca vuelves a ser el mismo.

Si alguna vez caminas por los senderos de Galicia y sientes un escalofrío inexplicable, un silencio demasiado pesado, un viento que te roza la nuca como un aliento helado…

Reza para que no sea demasiado tarde.

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