San Andrés de Teixido
Dicen que el viento en San Andrés de Teixido no es como en otras partes.
Sopla con un murmullo denso, casi humano. No es solo aire. No es solo brisa. Es un susurro antiguo, un arrullo eterno que envuelve los senderos y acaricia las piedras con un aliento helado.
Algunos dicen que es el mar.
Otros… que son las voces de los que nunca llegaron en vida.
San Andrés pasaba sus días en el santuario, observando las olas romper contra los acantilados. Pero nadie venía a verle.
Mientras que en Compostela, la tumba de Santiago era destino de peregrinos, él permanecía en la más absoluta soledad, rodeado de una naturaleza desbordante, pero ignorado por las almas humanas.
Las campanas de su templo sonaban para nadie.
Las plegarias se perdían en el vacío.
El olvido es una sombra más terrible que la muerte.
Y San Andrés se hundió en la melancolía.
Paseaba entre las rocas, mirando el horizonte con ojos vacíos, cuando una voz se alzó en el viento.
—Andrés, ¿por qué estás tan triste?
El santo se giró, y allí estaba Él.
Jesús le miraba con dulzura, con esa sonrisa que todo lo comprende, pero que no siempre consuela.
—Nadie viene a mi santuario, Señor —dijo Andrés—. Mi templo está vacío, mi nombre se pierde en el eco del océano.
Jesús inclinó la cabeza.
—No has de ser menos que Santiago.
Los ojos de Andrés se abrieron con súbita esperanza.
—¿Vendrán a verme?
La sonrisa de Jesús se ensanchó… pero su voz descendió en un murmullo que sonaba a sentencia.
—Todo el mundo pasará por aquí al menos una vez.
San Andrés sintió un escalofrío en su alma inmortal.
—¿Cómo puede ser eso posible?
Jesús le miró con una sombra en los ojos.
—Porque todo aquel que no venga en vida… tendrá que venir después de muerto.
Desde entonces, nadie ha escapado a San Andrés de Teixido.
No importa quién seas. No importa dónde estés.
Si tus pies no han hollado sus senderos, tu alma lo hará.
Y el camino no se hace solo.
Los aldeanos lo saben.
Por eso, cuando caminan por las sendas del santuario, no apartan a los animales que cruzan a su paso.
Los pequeños insectos que se arrastran por la tierra, las lagartijas que reptan entre las piedras, los pájaros que revolotean entre los tejados… todos ellos son algo más.
Son viajeros de otro tiempo.
Son los muertos que aún caminan.
A veces, cuando el viento sopla con más fuerza, los lugareños cierran las puertas de sus casas.
No es miedo.
Es respeto.
Dicen que, en las noches de tormenta, si uno presta atención, puede oír pasos en los senderos de San Andrés.
No son los de los peregrinos vivos.
No son los de los caminantes de este mundo.
Son los que aún deben llegar.
Porque el camino no se detiene.
Porque la peregrinación nunca acaba.
Porque el santuario de San Andrés sigue esperando.
Y esperará por ti.